
Llego a la polémica tarde pero llego.
Hace unas semanas, cuando yo estaba en mi descanso de redes, una mangaka fue impelida por numerosas críticas (injustificadas, como se verá más tarde) a dejar las redes y plantearse si dejar también su trabajo. Estoy hablando de Syundei, la autora del que debería ser el BL del momento, Gambare, Nakamura-kun (traducido como Go for it, Nakamura-kun!! o ¡No te rindas, Nakamura!, publicado en español por Milky Way).
Este era un manga cuyos fans llevaban mucho tiempo esperando una adaptación, por lo que la noticia de que su anime iba a ser emitido esta temporada sembró muchas alegrías. Sin embargo, la dicha duró poco, pues el estreno atrajo nuevos fans, quienes necesitados de novedades leyeron el manga sin traducir… para terminar malinterpretando las interacciones entre el interés romántico del protagonista, Hirose, y el profesor tutor de ambos. Los que ya habíamos leído el manga traducido sabíamos que no había nada turbio e inadecuado entre ambos personajes. La mayoría de esas escenas eran imaginaciones del paranoico sobrepensador de Nakamura. También es cierto que se muestra la admiración de Hirose por su profesor, e incluso se insinúa un cierto enamoramiento platónico. Pero ¿cuántos adolescentes no se encaprichan de un profesor guay y carismático? Por no decir que el profesor, el adulto responsable, no tiene ningún acercamiento inadecuado hacia sus alumnos, más bien al contrario. Por contra, la autora fue acusada de romantizar entre un adulto con jerarquía y un menor, sin merecerlo para nada.
La presión fue tal que la autora borró sus cuentas de redes sociales, llegando incluso a dar visos de replantearse su carrera como mangaka.
Evidentemente, para el lector informado este acoso y derribo está fuera de lugar como poco y esto es debido a varias razones. Primero está el hecho de que la acusación es irreal y la reacción desproporcionada, pero luego está el hecho de que existen BL mucho más cuestionables que nadie cuestiona. Un ejemplo sería el manga y anime Super Lovers en el que sí se da una relación entre un menor y un mayor de edad completamente romantizada, pero es que incluso hoy en día tenemos un montón de mangas o manhwas con dinámicas y relaciones absolutamente reprendibles (véase Jynx, sin ir más lejos) y nadie habla de ello. ¿Por qué ha tenido un manga de comedia y romance adolescente tan inocuo como Gambare, Nakamura-kun un escrutinio tan voraz? Una respuesta facilonga sería la hipocresía del fandom, aunque está claro que hay que matizar. Pudiera ser que el fan promedio del BL está acostumbrado a historias de turbieza, por lo que cuando una historia muestra cierto tono en su narrativa casi le resulta de esperar. Llama más la atención cuando se trata de una historia que se vende como green flag como es el caso de este manga, por no hablar de que muchos fans nuevos no representan lo común en los lectores del BL.
Sin embargo, no podemos obviar el elefante en la habitación: la cultura de la cancelación. Las redes sociales tienen cosas maravillosas. Antes un autor estaba separado de su público por una patina casi irreal, como si de un ser mitológico, encerrado en su estudio se tratara. Las redes han ayudado a quebrar esa mística y a humanizarlos. Pero todo tiene un costo. De pronto, los autores ya no son quienes deciden qué hacer con sus historias. Los lectores, convertidos en consumidores y, por lo tanto, en clientes se sienten con derecho a reclamar. Está claro que cuando un autor lanza su historia al mundo, esta ya no le pertenece del todo, que se presta a las relecturas y reinterpretaciones por las que cada lector la hace suya. Con todo, ¿qué derecho tenemos a exigir que un autor cumpla las expectativas de sus lectores? ¿De verdad creemos que nos debe algo?
No estoy diciendo que no haya casos dolorosos como el de las sagas de fantasía interrumpidas (Martin o Rothfuss) o tramas que no deberían ser admisibles (una vez más, curiosamente estas apenas son criticadas, como ocurre con los libros de dark romance). Y es que cuando se tratan estas cuestiones, siempre vuelve a mi memoria algo que escuché acerca de la serie Padre de familia: “Si note gusta, cambia de canal”.
No estoy a favor de ciertas temáticas en la ficción, pero no me veo acreditada para censurarlas. No soy quien para coartar la libertad de expresión ajena. Lo que sí me parece útil, y sobre todo, respetuoso, es decidir qué quiero leer y qué no. De esta forma, ejerzo mi poder como lectora para apoyar las obras que me interesan y desecho aquellas que no, sin ofender ni agredir a nadie. Puede que una historia no me guste, pero eso no me da derecho a pedir que la reajusten a mi conveniencia. Y si no, que se lo digan a todos los omegaverse que jamás leeré.
