No quería hablar de este tema y no he tenido más remedio. Me disculpo de ante mano por mis opiniones, tal vez airadas y al calor del momento, pero ahí vamos.
Después de lo ocurrido con el temita de la misoginia, yo solo quería recomponerme y desaparecer una temporada mientras decidía qué quería hacer con mi comunicación online. Como si el universo no consistiese que me tomara tregua alguna, dos semanas después en momentos casi consecutivos llegaron dos tremendas bombas: la huida de Syundei, autora de Go for it, Nakamura de X y ahora esto.
Resumiendo mucho lo que otros ya han contado mejor que yo misma, el fin de semana del 18-19 de abril se dio lugar una operación conjunta entre Kakao y Webtoon (empresas de webcómics coreanos), la policía española y al parecer también una empresa investigadora de fraudes informáticos inglesa que dio al traste con la mayor plataforma de lecturas ilegales de mangas y manhwas en español, Tumangaonline.
También por entonces, X puso en funcionamiento su herramienta de traducción automática, por lo que cuando los lectores latinoamericanos iniciaron su duelo en dicha plataforma, los asiáticos se enteraron y se escandalizaron ante nuestra desfachatez. Y digo nuestra porque la bendita página era española aunque fuera utilizada por lectores de todo el ámbito hispano. Y digo nuestra porque yo también la utilicé, qué c0ñ0.
Tengo que admitir que mi relación con este tema es compleja. Como ya he dicho anteriormente, soy una autora autopublicada que ha sufrido la piratería de mi primer libro. Mentiría si dijera que no me fastidió. Invertí mucho trabajo, horas de esfuerzo en escribir, corregir mi libro, por no hablar del dinero invertido en servicios editoriales, impresión, pago de procesos burocráticos como el ISBN… Y me avergüenza hasta cierto punto decir que no he podido recuperar dicha inversión, quizá nunca lo haga, por lo que a priori la piratería de una autora pequeñita como yo no es un asunto menor.
Sin embargo, también soy consumidora de manga y anime desde mi más tierna infancia además de lectora de manhwas y danmei más recientemente. Y en ese sentido, he de admitir que mi consumo ha sido… variopinto y diverso. He visto animes de forma legal en la tele cuando alguno llegaba a los canales españoles (desde Dragon Ball y Sailor Moon en Antena 3 hasta Slayers, Marmalade Boy o Digimon en la 2). He visto anime en canales privados pagados por mis padres como Sakura Card Captor en 3TV, Trigun o The Vision of Escaflowne en Buzz, Serial Experimental Lain en Calle 13 y Evangelion en AXN, One Piece en Jetix… He comprado mangas licenciados por editoriales españolas. Actualmente, con mi pareja, pagamos las cuentas de Netflix, Crunchyroll y Primevideo. Hemos comprado DVDs de nuestras series favoritas cuando nos lo hemos podido permitir y Selecta Vision o Jonu Media las han licenciado. Nos hemos asegurado de ir al cine cada vez que nos hemos enterado de algún estreno en salas de películas de anime. Pero ¡si he visto Your Name en cines dos veces, tanto en 2017 como en 2026! También la tengo en DVD. Actualmente, me sigo dejando una parte de mi sueldo en apoyar las ingentes licencias BL que van trayendo a España y que ya me hubiera encantado disfrutar en mis inicios.
He hecho muchas cosas legales para apoyar el manga y el anime, tanto de BL como en general, pero también he hecho cosas ilegales. Porque cuando empecé, apenas traían BL o anime a España. Cuando la gente descargaba capítulos de fansubs de Emule, yo estaba ahí. A veces incluso veía anime subtitulado en inglés o francés cuando no conseguía fuentes en castellano. Sé de gente que lo veía en alemán. Cuando se colgaban capítulos de anime en YouTube divididos en tres partes, yo estaba ahí. Muchos de mis primeros BL fueron OVAS noventeros subidos en la pésima calidad de entonces. Me vi Gravitation en ilegal mientras me compraba el manga editado por Glénat en legal. Cuando Animeflv empezó su andadura con links de stream de Megaupload, yo estaba ahí. Recuerdo poner los capítulos a cargar mientras calentaba la comida y luego me sentaba al ordenador a verlos mientras comía y cantaba los openings de, por ejemplo, Katekyo Hitman Reborn. Mi marido al mismo tiempo se estaba haciendo el manga editado por Planeta. Años después me vi los primeros capítulos del mismo anime doblado en Pluto TV. Ahora veo casi todo de forma legal por Crunchyroll. Me maravilla la calidad de algunos doblajes en castellano como los de Dandadan (sin desmerecer a los latinos que sé que también están bien adaptados). Y sin embargo, hecho de menos los karaokes de los fansubs con los que era tan fácil aprenderse las letras de los openings, las notas de traductor que te enseñaban detalles de la cultura japonesa, los colores chillones de los subtítulos a veces adaptados a cada personaje de la serie.
Y sí, me he pegado madrugadas enteras leyendo BJ Alex en TMO. Sorry, not sorry. Tardé mucho tiempo en saber que Lehzin existía. He pagado por coins en Lehzin y la verdad su sistema que me resulta incómodo y artificialmente carísimo. No entiendo por qué no tienen un servicio de suscripción como Crunchyroll, por no hablar del tiempo que han tardado en tener contenido en castellano, una mera web en comparación con las plataformas en inglés y coreano (que yo también he leído mucho BL en inglés, no se me caen los anillos). Pero también he comprado BJ Alex en cuanto he podido, para devolverle a Mingwa algo de la felicidad que me trajo su obra aquellas veces en las que el estrés de mi periodo de docente en prácticas me despertaba a las cuatro o cinco de la mañana y yo necesitaba algo con lo que calmar mi ansiedad. ¿Qué pensaría de mí dicha autora, que ha mandado a la mierda (literalmente eso dijo) a los lectores ilegales? ¿En cuál de las dos categorías me situaría ella?
Podría entender la turbación asiática ante la piratería, de no ser por el pequeño chiquito detalle de toda la bilis que autores y lectores han vertido en X, una red social ya de por sí poco dada al diálogo sosegado. Hicieron que me acordara de cuando regresé de Japón en 2017. Como buena otaku de los 2000 estar en el país del Sol Naciente había sido un sueño largamente acariciado, casi un proyecto vital. Sin embargo, cuando regresé a Españita no me traje los buenos recuerdos que esperaba, sino un par de revelaciones dolorosas que me tiraron de una patada del guindo: la posibilidad de que caerle mal a quien admiras y, sobre todo, el hecho de que el racismo no es algo exclusivo de la raza blanca. A lo largo de las dos semanas que estuve ahí, sufrí miradas acusatorias en el metro solo por existir (no hablaba, no decía nada, lo juro, solo existía en un espacio pensado para japoneses y no para mí), viví esa experiencia casi iniciática para los gaijins de tener varios asientos a mi disposición, la cada vez más exasperante sospecha de que a lo mejor yo olía muy mal. Podría explayarme con anécdotas más esclarecedoras pero que también nos ocuparían un tiempo y espacio que posiblemente no tenemos. El caso es que llegué a casa con la mente más clara y el corazón más roto que nunca, gracias a una experiencia que parecía contradecir lo que muchos otros turistas españoles clamaban. Lejos del nipón educado, que también, me topé con brusquedad, burlas y comentarios despectivos… ¿Esto es lo que pasa cuando sí conoces el idioma? Porque estos días X parece haber revalidado mi intuición de entonces. Cuando narré mis experiencias en 2017, gente allegada me acusó de exagerar y malinterpretar, cuando no de mentir. Ahora, que sus comentarios horribles sobre cómo los latinos, ante la falta de infraestructura propia para poder disfrutar de las obras niponas, deberían, en vez de buscarse la vida, simplemente j0derse y bailar, me congratulo un poco de que el resto de fans del anime hayan descubierto la horrible verdad. Los japoneses se muestran, generalmente, cerrados de miras en lo que concierne a lo foráneo, enamorados de su propia idiosincracia, que, consideran, les separa del resto de la humanidad. La exportación de su capital cultural fue una sorpresa inesperada que solo empezaron a estudiar en la década de 2010 y de la que han aprendido a lucrarse llamativamente tarde, pues nunca creyeron que nos pudieran interesar sus narraciones, mucho menos que las pudiésemos entender. Y aunque los coreanos han sido mucho más astutos a la hora de afianzar su invasión pop (véase el plan de ingeniería cultural tras gigantes discográficos como SM), tampoco tienen mejor opinión de su público hispanohablante (tengo la sospecha de que apenas diferencian España de Latinoamérica, como les sucede a los estadounidenses, por lo que aquí también nos aúno a efectos prácticos), más allá de la de unos clientes inesperadamente útiles.
El desconocimiento de ambos países acerca de cómo la piratería si ha beneficiado a los productos asiáticos, permitiéndoles la entrada a mercados que ellos mismos se habían cerrado, resulta palpable. El usuario de X que suelta opiniones sesgadas sobre traducir desde el inglés (cuando la mayoría de los nipones tiene un nivel de idiomas incluso inferior al de un hispano) o que lo compara con niños africanos que se hacen sus propias pelotas de fútbol con materiales reciclados deja patente esa ignorancia sobre cómo funcionan las cosas en otros lares. Pero sobre todo deja al descubierto algo que podría ser percibido como condescendencia clasista y xenófoba detrás de tal actitud: el problema de la piratería podría solucionarse con mejores opciones de mercado para todas aquellas regiones que han sido privadas de distribución. Sin embargo, la industria nipona no está interesada en esta posibilidad, no por dificultades logísticas, sino por mero desinterés. Luego, al forzarnos a la piratería, se sorprenden de que no aguantemos su indiferencia de forma estoica y conveniente, acusándonos con carácter retroactivo de ser los causantes de una situación provocada únicamente por la ceguera de las editoriales japonesas ante las necesidades del mercado global actual.
No voy a hablar de cómo la piratería en realidad preserva la cultura más allá de los devaneos empresariales pues ya hablé de ello. Solo voy a centrarme en dos casos que resultan casi icónicos en este contexto: los de Rooster Figther (Shu Sakuratani) y Horizon (Shiten Akiyama).

Rooster Figther es un manga sobre un gallo con supercacareo que se dedica a eliminar demonios, que estuvo a punto de ser cancelado en Japón. Sin embargo, su bizarra premisa resonó con parte del alma latina (¿gallos y demonios en el cerro?) por lo que fueron lectores de ese continente los que rescataron esta historia del olvido y prácticamente justificaron su anime, que en esta misma temporada se está emitiendo en Disney +. El autor está tan agradecido a sus lectores latinos que ha dedicado ilustraciones a cada uno de los países hispanoaméricanos.
Más recientemente, Shiten Akiyama, autor de Horizon se lamentaba amargamente en X sobre las escasas ventas de su manga, una obra, al parecer dotada de una trama interesante y de un dibujo sobresaliente. Sin embargo y aun con todo ese talento, el autor no podía ni pagarse un café. En sus desesperación, subió parte de su obra a Internet para que fuera leída de forma gratuita y su editorial le obligó a retirarla. Luego, creó una página de donaciones y fueron los latinos quienes permitieron que este autor no solo se recuperara, sino que ganara mucho más con que las ventas de su tomo.
De hecho, este autor me hizo reflexionar como escritora. ¿Qué importa realmente? ¿Ganar dinero con tu obra o que la gente la lea (entiéndase que yo tengo el respaldo económico de mi trabajo nutricional)? Yo misma empecé a autopublicar después de años escribiendo en plataformas gratuitas porque creía que ponerle un precio a mis historias ayudaría que los lectores la valoraran. Pero, por culpa de las limitaciones de Amazon, mis libros apenas pueden llegar de forma asequible a lectores de Argentina o Chile, sin que yo pueda hacer mucho al respecto. A veces me pregunto si tomé la decisión adecuada, pues lo que realmente importa es que te lean, que te disfruten. Y es que lo único que me dolió más que que me piratearan mi primer libro, es que nadie me pirateó el segundo. ¿Tal vez por desinterés?
Así que no, no puedo empatizar con el grueso de autores de X que están soltando bilis sobre los lectores ilegales. No cuando parecen más molestos porque gente no elegida o indigna desde sus parámetros sea la que accede a sus obras. Porque aunque la piratería tenga sus implicaciones éticas ineludibles, desde mi punto de vista, llamar asesino o violador a tu lectorado, insultar a un continente entero, a otra cultura cuando pretendes que se respete la tuya me parece infinitamente peor.