Estamos viviendo tiempos convulsos, Kokoros.
Hace semanas una malentendido casi se carga la carrera de Syundei, la autora de ¡¡No te rindas, Nakamura!!, autora que debería haber estado bebiendo las mieles del éxito por la adaptación exitosa de su manga. Y, ahora, ni un mes después, Song of The Wasted Land, un manhwa de una autora consagrada como es JAXX (Under the Greenligth) es cancelado nada más estrenarse.

No voy a hablar mucho sobre los detalles de dicho incidente ni lo voy a analizar en demasía, hay personas como @ailu.otaku.joshi o @emphylogia que ya han aportado mucho más de lo que yo podría al tema. He de admitir que, además, este episodio me ha pillado en un momento en el que no apetece leer manhwa y nunca he sido muy fan de la autora, así que, cuando surgió todo no le di la importancia que, al parecer, sí tenía el tema. Me voy a centrar en algo, no ya indignante como sería este caso y los anteriores, sino en la terrorífica imagen del bosque que se esconde tras dichos árboles: ¿estamos permitiendo que los insultos de personas ofendidas condicionen hasta tal punto la obra de un autor? Se ve que sí.
Todo esto me llama mucho la atención porque hace más de 20 años cuando una servidora empezaba en eso que antes se llamaba yaoi y ahora se llama BL a nadie se le pasaba por la cabeza ofenderse así… por un cómic. No digo que la comunidad no fuera fuerte, que lo era, pero bastante teníamos con simplemente disfrutar de cada obra conforme la íbamos encontrando y con recomendarla para hablar de ella con más gente. Ese era nuestro rollo, éramos pioneras descubriendo vetas nuevas de oro homoerótico, que apenas se paraban a comprobar su calidad. No digo que sea mejor alternativa. Yo siempre he opinado que hay que mantener una actitud crítica incluso cuando se lee por entretenimiento, porque, por desgracia, hoy en día es muy fácil que menores de edad lleguen a contenido que no es apto para ellos y porque… menudas mierdas nos tragamos en su día. Sin ir más lejos, mi pareja me tuvo que deletrear porque la relación entre Usami y Misake era abusiva en Junjou Romantica (sí, fue como mi Amy de Bigbang Theory y lo peor es que le estoy agradecida).
Pero… ¿empujar a autoras a retirarse o cancelar toda una obra a base de insultos en redes? ¿Qué c*ñ* nos está pasando?
Y, mientras tanto, los BL de temática cuestionable, por no hablar de novelas románticas que directamente romantizan la pedofilia campan a sus anchas sin que nadie les tosa. Entiéndase que no quiere que los ataques viren de un objetivo a otro… es solo que… ¿Podríamos dejar de atacarnos los unos a los otros unos segundos? Supongo que es mucho pedir tratándose de X pero, porfa please.
Es más, ¿por qué ahora? ¿Por qué hemos pasado de tragárnoslo todo a confundir la crítica a algún aspecto nimeo de una obra con una carta blanca para el hostigamiento verbal?
Hay quien diría que esto se debe a todo el tema del movimiento woke, nacido a su vez del Black Lives Matter y el nuevo activismo social en redes. Dichos movimientos solo se pueden explicar dentro del contexto de EE UU y parten de una segregación racial, que si bien ya no se encuentra amparada por la ley como en el pasado, sí sigue siendo parte de la experiencia de muchas personas afroamericanas en dicho país. No seré yo quien niega sus experiencias vitales, en tanto que blanquita europea, criada en un país de blanquitos europeos (aunque también según a quién le preguntes) que no conoció la inmigración masiva hasta su adolescencia. Sin embargo, por esos mismo, dichos movimientos parecen fracasar de forma estrepitosa, como no liarla muuuuy parda, en el momento en que proyectan las dinámicas de poder yankees a otras culturas y contextos culturales. La experiencia racializada en EEUU tiene sus propios rasgos que no encuentran paralelismos en una Latinoamérica donde el color de la piel más que racismo implica clasismo y una España de segundas o terceras generaciones de inmigrantes. El racismo de un sitio poco tiene que ver con el de otros pues los contextos históricos y sociales difieren de un país a otro. Prueba de ello la que se lío con cierto fanart de Encanto que fue atacado por activista woke por blanquear a los personajes, cuando lo realmente racista es no entender que no todos los latinoamericanos son morenos por definición.
A todo esto hay que sumarle en que hemos pasado de un contexto donde la audiencia ya no es local o continental, es masiva y global. Por lo tanto, los choques culturales están a la orden del día. Lo que en una cultura es problemático en otro es algo tan normalizado que nadie se percataría de ello. Sin embargo, el verdadero conflicto ya no es ese: es que hemos pasado de considerar una obra como tal para ser tratada como un producto cultural en un mercado en el que ya no hay lectores que interactúan con ella sino clientes que sienten que siempre tienen la razón.
Solo esa lógica mercantílistica y de consumo, en estos tiempos de IA y telenovelas de frutas, explica porque tantas personas se creen con derecho a maltratar verbalmente y perseguir a un autor cuando este no les da lo que esperaban o querían. Dichos consumidores agraviados parecen olvidar que, por supuesto, se puede disentir de una historia pero que tal vez con dejar de seguirla ya es más que suficiente. No, no es necesario truncar carreras o exigir cabezas en ninguna bandeja de plata digital.
Lo peor de estos ataques es la hipocresía que conllevan. ¿Está mal meterse con la historia de EEUU pero cuando la relación tóxica se da en un contexto asiático como es en Painter of the Nigth a nadie se le pasa por la cabeza la desigualdad que existe entre ambos protagonistas? ¿Está mal que una autora coreana cometa errores históricos en la representación de la Guerra de Secesión pero está bien que Hollywood confundiese todas las festividades españolas en Misión imposible 2 o que Latinoamérica sufra la maldición del filtro sepia?
Por no hablar del gravísimo error de blanquer la historia como si nunca hubiera existido la esclavitud, el racismo, la desigualdad social, las guerras y el maltrato. Por supuesto que cada época de la historia de la humanidad, cada país dependiendo de sus circunstancias, ha pasado por estos episodios. Por supuesto que no son agradables. Por eso los estudiamos: para no repetirlos. He ahí el auténtico mérito de la ficción histórica, la de ayudarnos a recordar. Y si es desde un perfil LGBT, es decir desde una voz tradicionalmente borrada de los libros de historia, este mérito es todavía mayor.
Sin embargo, no es esto lo que me asusta. Lo que me asusta es a donde nos lleva todo esto. Parece que para el Internet de 2026 ninguna historia debe incomodar por la razón que sea. No importa si es una cuestión de moral o de valores, las historias deben ser fáciles de consumir. Sin embargo, cuando una obra no interpela a su lector, no lo incomoda un poco, no le hace replantearse un poquito su visión del mundo se pierde mucho más de lo que creemos. Se pierde la capacidad de aprender. Sí, incluso cuando se supone que todo no es más que entretenimiento, precisamente entonces. Pero, sobre todo, cuando un autor debe preocuparse tanto por no enfadar, por ir pisando cáscaras de huevo para no ofender a la vorágine internauta… la creatividad agoniza poco a poco. ¿Qué se puede contar entonces sino las mismas historietas facilongas una, y otra, y otra vez? Luego, nos quejaremos de que no hay originalidad, de que solo nos ofrecen los mismos moldes conocidos todo el rato… cuando si se nos ofrece algo distinto, los autores se arriesgan a la funa. Y aquí perdemos todos, los autores y los lectores. Situaciones así me recuerdan al gran Alan Moore, quien ya dijo que no hay que darle al público lo que quiere, sino lo que necesita. Básicamente, porque dicho público no suele tener ni idea de lo que quiere en realidad.
Y es que, siguiendo con las citas, ya lo die Byul Chun Han, e incluso lo presagió Foucault: ya no hace falta que vigile para oprimirnos. Al sistema le basta con que nos autocensuremos nosotros solitos.